domingo, 6 de marzo de 2016

Recordemos en quien hemos confiado

Ya que nuestro Padre Celestial nos ama y Su propósito es “… llevar a cabo [nuestra] inmortalidad y… vida eterna”,  Su plan incluía el papel de un Salvador —alguien que pudiera ayudarnos a ser limpios sin importar cuánto nos hubiéramos ensuciado. Cuando nuestro Padre Celestial anunció la necesidad de un Salvador, creo que todos nos volvimos y miramos a Jesucristo, el Primogénito en el Espíritu, Aquel que había progresado al grado de llegar a ser como el Padre4. Creo que todos nosotros sabíamos que tenía que ser Él, que nadie más podría hacerlo, pero que Él sí podría, y lo haría.

En el Jardín de Getsemaní y en la cruz del Gólgota, Jesucristo sufrió tanto en cuerpo como en espíritu; tembló a causa del dolor; sangró por cada poro; le suplicó a Su Padre que pasara de Él la amarga copa5; y aun así, participó de ella6. ¿Por qué lo hizo? Él dijo que quería glorificar a Su Padre y acabar Sus “preparativos para con los hijos de los hombres”7. Quería guardar Su convenio y hacer posible que regresáramos a casa. ¿Qué nos pide que hagamos a cambio? Simplemente nos suplica que confesemos nuestros pecados y nos arrepintamos para que no tengamos que padecer como Él8. Nos invita a estar limpios para que no se nos deje fuera de la casa de nuestro Padre Celestial.